Me llamo Matías, tengo 32 años, y crecí detrás del mesón del negocio familiar de mi papá, Don Raúl.
Desde chico lo vi mover cajas, regatear con proveedores y buscar productos buenos sin pagar de más. Don Raúl siempre me decía:
"La marca es puro humo, mijo. Lo que importa es que la cuestión sea buena y dure."
Hoy el negocio lo manejamos entre los dos. Don Raúl atiende a los clientes antiguos, conversa con ellos y se acuerda de todos. Yo me encargo de traer productos directo de fábrica, sin tantos intermediarios ni logos caros que suben el precio porque sí.
Nuestra idea es simple:
Vender calidad a precio de barrio.
Acá llega gente que no puede gastar medio sueldo en una freidora, una chaqueta, una aspiradora o útiles escolares. Por eso buscamos productos buenos, útiles y accesibles, pa' que el bolsillo alcance un poco más.
Y si alguien tiene dudas, yo le explico de frente:
"Pruébelo no más, señora. Si no le sirve, me lo trae y se lo cambio sin atao."
Porque en un negocio de barrio, la palabra vale más que cualquier garantía escrita.
Una tarde, mientras cerrábamos, Don Raúl me dijo:
"Partimos vendiendo cepillos de dientes y pelotas de goma, y ahora tenís puras cosas de astronauta. Pero lo bacán es que no te subiste al carro de los precios gringos."
Yo me reí y le respondí:
"La pega no es solo vender, papá. La pega es que la gente pueda vivir un poquito mejor sin endeudarse."
Por eso, en el barrio todos saben dónde está el dato: en nuestro negocio familiar, donde no vendemos marcas caras.
Vendemos la posibilidad de que la plata del chileno rinda un poco más.